Las personas “controladoras” y el sexo

sexualidadCuando hablo de personas controladoras, me refiero a aquellas personas que tienen la necesidad de tener todo bajo control, no hay nada que se les escape, es más, lo que no está a su alcance respecto a llevar las riendas, no lo quieren, porque no están cómodas. No hablo del control sobre otras personas, si no de sí mismas, de su vida, su día a día, su rutina, incluso, a veces, sus emociones.

                Pero ¿Qué relación puede tener esto con la sexualidad? Pues no muy buena, la verdad.

                La sexualidad es la búsqueda de placer a través de cualquier medio, con el sexo utilizamos el cuerpo para ello, a través de las infinitas terminaciones nerviosas de cada uno de nuestros órganos (genitales o no). Pero para poder recibir placer tenemos que prestarnos a ello, es decir, tenemos que dejarnos llevar, dejarnos sentir, en otras palabras, dejar de utilizar nuestra cabeza, y por tanto, dejar de controlar.

                Y ¡Qué difícil es mantener una relación sexual sin que nos invadan miles de pensamientos en busca de dicho control!

                – “¿Le estará gustando?”, “Otra vez, lo hacemos cuando a él/ella le apetece”, “¿Seguro que está cansad@”, “¿Oleré mal?”, “¿Nos estarán escuchando?”…

                Cuando la cabeza está invadida por estos, u otros pensamientos, difícilmente hay lugar para el disfrute y el placer.

                Así que ¿Cómo cambiarlo eso si realmente nos consideramos ciertamente controlador@s? En el ámbito de la sexualidad, lo llamamos mantenerse en “Clave Erótica”, es decir, conseguir que tu cabeza esté con tu cuerpo. Que tus pensamientos, a menudo inevitables, permitan al cuerpo disfrutar.

Para ello, podemos intentar, por ejemplo, reproducir lo que estamos sintiendo: – “Me está encantado”, “Cómo me gusta justo ahí”, “Me encanta escucharl@”, “Qué sensación más placentera”…

                Ésta es una de las mejores formas de crear una alianza positiva entre nuestra mente y nuestro cuerpo durante las relaciones sexuales.

                Si conseguimos cambiar nuestro “diálogo interno”, las sensaciones también lo harán, y si no… ¿Por qué no probáis? 

 

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